Los de abajo
Autor: Mariano Azuela
(Fragmento)
—Oye, curro, ven a decirme adiós siquiera.
Luis Cervantes fue bastante dócil. Bajó y vino a ella.
—¡Orgulloso!… ¿Tan mal te serví que hasta el hablarme niegas?…
—¿Por qué me dices eso, Camila? Tú has sido muy buena conmigo… mejor que una amiga; me has cuidado como una hermana. Yo me voy muy agradecido de ti y siempre lo recordaré.
—¡Mentiroso! —dijo Camila transfigurada de alegría—. ¿Y si yo no te he hablado?
—Yo iba a darte las gracias esta noche en el baile.
—¿Cuál baile?… Si hay baile, no iré yo…—¿Por qué no irás?
—Porque no puedo ver al viejo ese… al Demetrio.
—¡Qué tonta!… Mira, él te quiere mucho; no pierdas esta ocasión que no volverás a encontrar en toda tu vida. Tonta, Demetrio va a llegar a general, va a ser muy rico…
Muchos caballos, muchas alhajas, vestidos muy lujosos, casas elegantes y mucho dinero para gastar… ¡Imagínate lo que serías al lado de él!
Para que no le viera los ojos, Camila los levantó hacia el azul del cielo. Una hoja seca se desprendió de las alturas del tajo y, balanceándose en el aire lentamente, cayó como mariposita muerta a sus pies. Se inclinó y la tomó en sus dedos. Luego, sin mirarlo a la cara, susurró:
—¡Ay, curro… si vieras qué feo siento que tú me digas eso!… Si yo a ti es al que quero… pero a ti nomás… Vete, curro; vete, que no sé por qué me da tanta vergüenza… ¡Vete, vete!…
Y tiró la hoja desmenuzada entre sus dedos angustiosos y se cubrió la cara con la punta de su delantal.
Cuando abrió de nuevo los ojos, Luis Cervantes había desaparecido.
Ella siguió la vereda del arroyo. El agua parecía espolvoreada de finísimo carmín; en sus ondas se removían un cielo de colores y los picachos mitad luz y mitad sombra. Miríadas de insectos luminosos parpadeaban en un remanso. Y en el fondo de guijas lavadas se reprodujo con su blusa amarilla de cintas verdes, sus enaguas blancas sin almidonar, lamida la cabeza y estiradas las cejas y la frente; tal como se había ataviado para gustar a Luis.
Y rompió a llorar.
Entre los jarales las ranas cantaban la implacable melancolía de la hora.
Meciéndose en una rama seca, una torcaz lloró también.