Zoom literario

Mundos transmedia

Caperucita Roja, Verde, Amarilla, Azul y Blanca

3 min. lectura

Bruno Munari y Enrica Agostinelli. A partir del cuento tradicional de Caperucita Roja, de los hermanos Grimm, Bruno Munari nos cuenta otras versiones. Los distintos colores de las caperucitas juegan un papel importante, creando ambientes diferentes: verde -la naturaleza salvaje del bosque-; amarillo -la ciudad ruidosa-; azul -el mundo marino-; hasta llegar al blanco, en el que la ausencia de color hace desaparecer las ilustraciones y los personajes no llegan ni siquiera a encontrarse.

 

Versiones clásicas. Caperucita Roja es el cuento de hadas de transmisión oral que mejor ha sobrevivido al paso del tiempo, como manifiestan las múltiples versiones que de esta historia se han realizado a través de los siglos. Tiene muchas lecturas, pero ante todo es un cuento para jóvenes que, de alguna manera, simboliza el paso de la niñez a la adolescencia. Esta edición reúne las tres principales versiones del cuento: En 1697 Charles Perrault fue el primero en incluir en un volumen de cuentos la historia de Caperucita. Escribió una fábula moralizante con la intención de advertir a las «señoritas» de la corte sobre los peligros de «ciertos hombres», disfrazados de lobos. En 1812 Jacob y Wilhelm Grimm retomaron el cuento y su versión es la más conocida hoy en día. Por último publicamos una rareza, la versión dramática y en verso que el gran escritor alemán Ludwig Tieck escribió en 1800.

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Caperucita roja, de Triunfo Arciénegas. Caperucita es una niña petulante, vanidosa y ambiciosa que siendo consiente de su belleza manipula al lobo quien está locamente enamorado de ella para que mate a su abuela y así poder heredar.

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Libro ilustrado: Caperucita cuenta Caperucita

Autor: Álvaro del Amo. Todos conocemos el cuento de Caperucita Roja. Pero pocos saben cómo terminó de verdad. Imaginaos años y siglos reproduciendo la misma historia: el pobre lobo merendándose a la abuela, el cazador abriéndole la tripa. Está claro que los personajes del cuento no podían seguir así eternamente. Álvaro del Amo es conocido escritor, dramaturgo y novelista. Su labor literaria ha estado orientada siempre hacia el campo de adultos y ésta es su primera incursión en el campo infantil.

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Musical de teatro

 

21 comentarios en «Caperucita Roja, Verde, Amarilla, Azul y Blanca»

  1. Caperucita Rosa:
    Mientras caminaba un oso gigante en la oscuridad de un bosque, logró vislumbrar una pequeña figura rosada, que caminaba entre los árboles hechos de chocolate, hojas de miel y flores de caramelo. Él se acercó atravesando los arbustos de gelatina, pero se congeló al instante, cuando esta misma se volteó a verle, incluso antes de siquiera hablarle, como si supiera de su presencia mucho antes de acercarse.
    Ella no tenía miedo ya que su mamá jamás le había advertido de los osos, pero él estaba temblando, ya que a él sí le habían advertido de Caperucita Rosa. Estaba temblando de miedo, ya que nunca había visto a nadie igual, sus ojos hechos de chocolate miraron a los suyos, unos hermosos ojos brillantes, como un par de rubíes de fuego, pero con una mirada fría y fúnebre, acompañados de una sonrisa, no de alegría, sino de algo más, algo parecido a la malicia.
    En este bosque eres lo que comes, y todo está hecho de dulce, incluso los animales, como él, que estaba hecho de algodón de azúcar rosa, hasta Caperucita Rosa, que era una niña pequeña, hecha de carne y huesos.

  2. Caperucita la niña de la capa Negra
    Al final de una calle tranquila del pueblo había una casa muy antigua. Era grande, con ventanas altas, puertas de madera pesada y un jardín que parecía un pequeño bosque. Los vecinos decían que la casa llevaba demasiado tiempo sola.
    Por las noches, cuando el viento soplaba fuerte, las puertas crujían y las escaleras parecían quejarse.
    Creeeeek…
    Algunas personas decían que esos sonidos eran normales en una casa vieja. Pero otros estaban seguros de que algo más vivía allí.
    Y tenían razón.
    En aquella casa vivía una niña.
    Una niña que siempre llevaba una capa negra que cubría su cabeza. La capa se movía suavemente, como si el viento la acompañara a todas partes.
    Pero la niña no era como las demás.
    Era un fantasma.
    Si alguien hubiera podido verla, seguramente la habría llamado Caperucita la niña de la capa Negra.
    Caperucita llevaba tantos años viviendo en esa casa que había aprendido cada sonido de memoria: el crujir de las escaleras, el susurro del viento en las ventanas y el golpeteo de las ramas en el techo.
    Pero había algo que no conocía.
    La compañía.
    Siempre había estado sola.
    Hasta el día en que un camión se detuvo frente a la casa.
    Caperucita se asomó desde el segundo piso con curiosidad.
    Un hombre, una mujer y un niño estaban descargando cajas.
    —¿Van a vivir aquí? —susurró sorprendida.
    El niño se llamaba Mateo, y estaba emocionado.
    —¡Esta casa es enorme! —dijo corriendo por el pasillo.
    Mateo subió las escaleras explorando todo como si fuera un detective en una casa misteriosa.
    Las escaleras crujían con cada paso.
    Creeeek…
    El pasillo del segundo piso estaba oscuro y silencioso.
    Mateo empujó una puerta lentamente.
    Creeeeeeek…
    El cuarto estaba vacío… o al menos eso parecía.
    Pero entonces Mateo sintió algo extraño.
    Como si alguien lo estuviera mirando.
    —¿Hola? —preguntó con voz dudosa.
    Nadie respondió.
    De repente, una sombra se movió detrás de la puerta.
    Mateo volteó lentamente.
    Y la vio.
    Una niña con una capa negra estaba flotando ligeramente en medio del cuarto.
    Sus pies casi no tocaban el suelo.
    Mateo se quedó paralizado.
    Su corazón empezó a latir muy rápido.
    —¡AAAHHH! —gritó con todas sus fuerzas.
    Salió corriendo del cuarto, bajó las escaleras y llegó hasta donde estaban sus papás.
    —¡Hay un fantasma arriba! —dijo respirando agitado.
    Sus padres se miraron entre ellos.
    —Mateo —dijo su mamá con calma—, seguro fue tu imaginación.
    —¡No! ¡Era una niña con capa negra!
    Su papá subió a revisar el cuarto.
    Pero no había nadie.
    —¿Ves? —dijo sonriendo—. Solo es una casa vieja.
    Mateo no dijo nada más.
    Pero él sabía lo que había visto.
    Esa noche, Mateo no podía dejar de pensar en la niña del cuarto.
    Sentía miedo… pero también curiosidad.
    ¿Qué pasaría si volvía a verla?
    Así que, cuando la casa quedó en silencio y sus padres ya dormían, Mateo tomó una linterna y subió las escaleras lentamente.
    Creeeek…
    Cada paso parecía más ruidoso que el anterior.
    Mateo llegó al cuarto.
    Empujó la puerta despacio.
    Creeeeeeek…
    El cuarto estaba oscuro.
    Mateo iluminó con su linterna.
    —¿Hola…? —dijo en voz baja.
    De pronto, vio algo moverse.
    La niña de capa negra estaba escondida detrás de un viejo mueble.
    Pero no lo miraba con enojo…
    Parecía asustada.
    Mateo se dio cuenta de algo.
    —No tengas miedo —dijo suavemente—. No te voy a hacer nada.
    La niña asomó un poco la cabeza.
    Mateo se acercó un paso.
    —¿Quién eres?
    La niña no respondió.
    Solo movió la cabeza lentamente.
    Mateo se sentó en el suelo para no parecer amenazante.
    —Yo me llamo Mateo.
    La niña dudó unos segundos.
    Luego habló tan bajito que casi no se escuchó.
    —Caperucita…
    Mateo inclinó la cabeza.
    —¿Caperucita?
    La niña asintió.
    —Siempre uso esta capa… —dijo señalando su capa negra.
    Mateo sonrió un poco.
    —Entonces te llamaré Caperucita Negra.
    La niña no parecía molestarse.
    Al contrario, parecía contenta de tener un nombre.
    A partir de esa noche, Mateo subía todos los días al cuarto para verla.
    Jugaban a inventar historias, imaginaban aventuras y hablaban durante horas.
    Pero era un secreto.
    Caperucita tenía miedo de que los padres de Mateo se asustaran.
    —Si me ven… tal vez quieran que me vaya —dijo un día con tristeza.
    —No te preocupes —dijo Mateo—. Será nuestro secreto.
    Pero los padres de Mateo empezaron a notar algo extraño.
    Todas las tardes escuchaban a Mateo hablar arriba.
    Reía.
    Jugaba.
    Y parecía conversar con alguien.
    Un día su mamá subió las escaleras.
    —Mateo —preguntó—, ¿con quién hablas?
    Mateo se quedó en silencio.
    Caperucita Negra ya se había escondido.
    —Con… nadie —dijo Mateo.
    Sus padres empezaron a preocuparse.
    Pensaban que Mateo estaba imaginando cosas.
    Incluso una tarde su papá dijo con seriedad:
    —Mateo, no es bueno inventar historias así.
    Y lo castigaron sin subir al segundo piso por unos días.
    Mateo se sintió muy triste.
    Pero lo peor ocurrió unos días después.
    Una noche, Mateo escuchó a sus padres hablando en la sala.
    —Creo que lo mejor es demoler la casa —dijo su papá—. Podemos construir algo nuevo aquí.
    Mateo sintió que el corazón se le caía al suelo.
    Si demolían la casa…
    Caperucita desaparecería.
    Al día siguiente subió corriendo al cuarto.
    —¡Caperucita! —dijo preocupado—. Mis papás quieren tumbar la casa.
    La niña se quedó muy quieta.
    —Si la casa desaparece… yo también —susurró.
    Mateo pensó mucho.
    Finalmente tomó una decisión.
    Esa noche llevó a sus padres al segundo piso.
    —Solo quiero que vean algo —dijo.
    Entraron al cuarto.
    —Mateo —dijo su mamá—, aquí no hay nada.
    Pero de pronto…
    La linterna de Mateo parpadeó.
    El viento movió la ventana.
    Y lentamente, una pequeña figura apareció junto a la pared.
    Una niña con una capa negra.
    Los padres de Mateo se quedaron sin palabras.
    Caperucita los miraba con timidez.
    No parecía un fantasma aterrador.
    Solo una niña muy sola.
    Después de unos segundos, la mamá de Mateo habló suavemente.
    —Hola…
    Caperucita levantó la mirada sorprendida.
    El papá de Mateo suspiró.
    —Tal vez… esta casa sí tiene una historia.
    Esa noche tomaron una decisión.
    La casa no sería demolida.
    Seguiría en pie.
    Porque ahora sabían que no estaba vacía.
    En esa casa vivía una familia.
    Y también una niña con capa negra que, después de muchos años de soledad, finalmente había encontrado un amigo.
    Y desde entonces, en aquella casa antigua del pueblo, todavía se escuchan las puertas crujir y el viento soplar por los pasillos.
    Pero también se escuchan risas.
    Porque Caperucita la niña de la capa negra ya no está sola.

  3. En un pueblito, muy, muy lejano vivía una niña muy, muy inteligente y bonita, a la que le llamaban, Caperucita Morada.
    Caperucita Morada, ama las uvas, ama el mar y amaba bailar, y estar en compañia de su abuelita Marimar.
    Un día su abuelita Marimar enfermo y la mamá de caperucita no podía ir a cuidarla, por lo cual Caperucita Morada decidió hacerlo.
    Mientras Caperucita Morada caminaba, iba recordando si en su canasta llevaba toda la comida que utilizarían para la semana.
    Y dijo:
    -Uvas moradas, pay de queso de mora y flores lavanda, porque a mí abuelita le encantan.
    Mientras Caperucita Morada caminaba, a lo lejos entre el bosque de jaracandas algo se escuchaba. Y exclamó:
    -¿Ah.. hay alguien por ahí?
    Y entonces todo se quedó en silencio. Ella diciendo caminar, y caminar hasta encontrarse a una rana que por su color morado se camuflajeaba entre los arboles.
    Y le dijo:
    -¿A dónde vas caperucita morada?, ya es muy tarde y estás solita. Pero hacercate más, que no te veo muy bien.
    Caperucita morada le respondió:
    -Voy a visitar a mi abuelita Marimar, que se siente muy enferma y la tengo que cuidar.
    La rana pensó en como conversela, para que se le acercara y de sus toxinas venosas le contagiara.
    -Pero eres muy pequeña para estar aquí, mejor ven conmigo, yo te puedo ayudar a llegar más rápido por un caminito.
    Caperucita morada la cual era muy inteligente y se dio cuenta de la rana tan insistente, la observó y le dijo, señora rana, no puedo ver, ya que el bosque la camuflajea, pero no quiero de su ayuda, ya que mi mamá me ha dicho, «ve con cuidado, sin prestar atención porque hay mucha gente que te puede hacer daño, y sin pensarlo puedes caer en alguna tentacion».
    La rana se enojo, y se fue dejando a caperucita morada seguir por su vereda, donde su abuelita en su casa la esperaba.
    Mientras tanto caperucita decía:
    -Que señora rana tan insistente, lo bueno que mamá me ha dicho que sea muy inteligente.
    Caperucita morada, caminó, caminó y caminó hasta llegar con su abuelita que feliz la recibió.

  4. Había una vez una niña llamada Caperucita Azul, que vivía en una casita junto a un hermoso río. Todas las mañanas, muy temprano, se ponía su capa azul y tomaba su pequeña lancha para ir a pescar.
    Caperucita Azul ayudaba mucho a su familia, porque con los peces que atrapaba podían comer y estar fuertes y sanos.
    Un día, Caperucita salió como siempre, pero algo extraño pasó…
    —¡Oh no! —dijo preocupada—. ¡Hoy no hay peces!
    Buscó un poco más cerca… y nada.
    Buscó entre las piedras… y nada.
    Entonces, desde la orilla, apareció el lobo, que la observaba en silencio.
    —Buenos días, Caperucita Azul —dijo el lobo con voz amable—. Si quieres encontrar muchos peces, debes ir más lejos, río arriba. Ahí hay muchísimos.
    Caperucita dudó un momento, pero como quería ayudar a su familia, decidió hacerle caso y remó más lejos de lo que acostumbraba.
    El río se hacía cada vez más ancho y desconocido… y Caperucita comenzó a sentirse un poco asustada.
    —Creo que me he alejado demasiado —pensó.
    De pronto, ya no sabía cómo regresar.
    Pero entonces, vio unos pequeños peces nadando cerca de su lancha.
    —¡Aquí están! —dijo contenta.
    Con cuidado, pescó algunos y luego siguió el camino del agua hasta regresar a casa.
    Cuando llegó, le contó todo a su familia.
    —Debes tener cuidado —le dijeron—. No siempre es bueno confiar en desconocidos.
    Desde ese día, Caperucita Azul aprendió dos cosas importantes:
    escuchar su intuición y no alejarse demasiado sin compañía.
    Y así, cada mañana siguió pescando… pero siempre cerca de casa, donde el río la cuidaba.

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  5. Había una vez un profundo hueco debajo de un árbol, este era negro y temeroso, cuando de repente apareció una niña de ojos negros llamada caperucita negra, se dedicaba a pintar grandes cuadros, una vez pinto una semilla de frijol y que crees? Que de repente aparece una pantera grande y negra y le dice que bonito cuadro caperucita negra, porque no mejor me pintas a mi?
    Violeta Naranjo.

  6. Caperucita Rosada y el secreto del Bosque de Azúcar

    Había una vez un lugar muy especial llamado Bosque de Azúcar, donde todo era de color rosa. Los árboles parecían algodones de azúcar, los ríos eran de leche de fresa y el suelo estaba cubierto de pequeños caramelos brillantes.
    En ese lugar vivía Caperucita Rosada, una niña alegre que siempre llevaba una capa suave y esponjosa como una nube dulce. Le encantaba caminar por el bosque, saludar a todos y llevar pequeñas canastas de dulces.
    Su abuela vivía en una casita hecha de galletas rosadas y era conocida por ser muy sabia. Siempre decía que el color rosa no solo estaba en el bosque, sino también en el corazón de quienes hacen el bien.
    Un día, algo extraño comenzó a suceder. El bosque empezó a perder su brillo, las flores se veían pálidas y el dulce aroma ya no era el mismo. La abuela, preocupada, le pidió a Caperucita que fuera a investigar qué estaba pasando.
    Caperucita tomó su canasta y se adentró en el bosque. En el camino encontró a un conejo de malvavisco que ya no podía saltar de alegría, a un pajarito rosa que había perdido su canto y a una pequeña pastelera que estaba triste porque sus postres ya no sabían igual. Todo parecía indicar que algo no estaba bien.
    Más adelante encontró al lobo, pero no era como todos lo imaginaban. No era feroz ni malo, sino tranquilo y protector. Él también había notado lo que ocurría y le contó que había estado vigilando el bosque sin encontrar al culpable. Caperucita decidió confiar en él y juntos continuaron el camino.
    Después se encontraron con el cazador, quien tampoco parecía un cazador común. No llevaba armas, sino herramientas y una mochila con pinturas. Él explicó que estaba intentando devolverle el color al bosque, pero algo lo impedía.
    Cuando llegaron a la casa de la abuela, vieron a una elegante mujer vestida completamente de rosa. La abuela explicó que se llamaba Dulcinea y que había llegado para ayudar. La mujer hablaba con mucha dulzura y decía que quería que el bosque fuera aún más hermoso, pero algo en ella no terminaba de convencer a Caperucita.
    Esa noche, Caperucita decidió seguirla en secreto y descubrió que Dulcinea recogía la magia de las flores y la guardaba en frascos. Entonces entendió que por eso el bosque estaba perdiendo su color.
    Al día siguiente reunió al lobo, al cazador y a su abuela para contarles lo que había visto. Juntos enfrentaron a Dulcinea, quien finalmente aceptó que quería quedarse con toda la magia para hacer un lugar perfecto solo para ella.
    En ese momento todos decidieron actuar. El lobo ayudó a detenerla, el cazador recuperó los frascos y la abuela protegió la magia. Caperucita habló con firmeza y le explicó que la belleza no se guarda, se comparte.
    Dulcinea guardó silencio y, al ver cómo todos trabajaban juntos, comprendió su error. Dijo que solo quería que todo fuera perfecto, pero que había olvidado a los demás. La abuela le hizo ver que siempre se puede elegir hacer lo correcto.
    Arrepentida, Dulcinea abrió los frascos y devolvió la magia al bosque.
    Poco a poco, el bosque volvió a llenarse de tonos rosados, dulces aromas y risas.
    Dulcinea decidió quedarse, pero ahora para ayudar. Comenzó a plantar flores, a compartir y a convivir con todos.
    Desde ese día, todos entendieron que no importa cómo te veas o lo que hayas hecho antes, lo importante es lo que decides hacer con tu corazón.

  7. La Niña de Cristal
    En el bosque de los reflejos había una niña que nadie podía pintar. No era roja, ni verde, ni amarilla; ¡era totalmente transparente! Estaba hecha de un cristal tan limpio que no tenía sombra, solo lanzaba brillos por todos lados. Su capa no era de tela, parecía un pedazo de hielo que brillaba como un rayo cuando le pegaba la luz.

    El Lobo, escondido en lo oscuro, pensó que ella era súper débil. La vio pasar como si fuera de agua y creyó que sería una cena fácil de masticar. Pero cuando saltó con la boca abierta para morderla, se escuchó un ruido seco: ¡CLINK! El Lobo salió volando y aullando con los dientes rotos. Intentó morder el aire y se topó con algo más duro que un diamante.

    —¡Ay, ay, ay! —gritaba el Lobo, agarrándose la cara con las patas.

    Caperucita, que era muy buena onda, no se enojó. Se acercó tranquila y de su canasta invisible sacó un dulce de menta bien frío para que se le quitara el dolor al pobre Lobo. Él se quedó todo sacado de onda y aprendió que, en ese bosque, lo que parece frágil a veces es lo más fuerte de todo.

    Sin decir nada, ella se acomodó su capucha de luz. Caperucita siguió su camino bajo el sol radiante, siendo tan libre e irrompible como un diamante.

  8. La Niña de Cristal
    En el bosque de los reflejos, había una niña que nadie podía pintar. No era roja, ni verde, ni amarilla; ¡era totalmente transparente! Estaba hecha de un cristal tan limpio que no tenía sombra, solo lanzaba brillos por todos lados. Su capa no era de tela, parecía un pedazo de hielo que brillaba como un rayo cuando le pegaba la luz.
    El Lobo, escondido en lo oscuro, pensó que ella era súper débil. La vio pasar como si fuera de agua y creyó que sería una cena fácil de masticar. Pero cuando saltó con la boca abierta para morderla, se escuchó un ruido seco: ¡CLINK! El Lobo salió volando y aullando con los dientes rotos. Intentó morder el aire y se topó con algo más duro que un diamante.
    —¡Ay, ay, ay! —gritaba el Lobo, agarrándose la cara con las patas.
    Caperucita, que era muy buena onda, no se enojó. Se acercó tranquila y de su canasta invisible sacó un dulce de menta bien frío para que se le quitara el dolor al pobre Lobo. Él se quedó todo sacado de onda y aprendió que, en ese bosque, lo que parece frágil a veces es lo más fuerte de todo.
    Sin decir nada, ella se acomodó su capucha de luz. Caperucita siguió su camino bajo el sol radiante, siendo tan libre e irrompible como un diamante.

  9. Había una vez una niña llamada Nara, a quien todos conocían como Caperucita Naranja, porque siempre llevaba una capa del color del atardecer. Vivía en un campo lleno de girasoles y caminos de tierra naranjosa. Nara era curiosa y valiente, pero también muy distraída y confiada.
    Un día, su mamá le pidió que fuera a casa de su abuelita a llevarle una canasta de comida, ya que se encontraba enferma. Nara aceptó con emoción, pues llevaba mucho tiempo sin verla, y sin pensarlo demasiado emprendió el camino entre el campo de flores. Mientras avanzaba, escuchó una voz suave que la hizo detenerse. Era un lobo, pero no parecía aterrador, al contrario, se veía tranquilo e incluso amable. El lobo le aseguró que conocía a su abuela y que también quería llevarle flores porque sabía que estaba enferma. Nara, confiada, comenzó a explicarle cuáles eran las flores favoritas de su abuelita y terminó guiándolo hasta el lugar donde solía recogerlas cuando la visitaba.
    Entre pláticas, risas y explicaciones, Nara se distrajo tanto que olvidó por completo el encargo que llevaba. El tiempo pasó sin que se diera cuenta, y cuando el hambre apareció, decidió compartir la comida de la canasta con el lobo. Ambos comieron, descansaron y siguieron conversando mientras el sol poco a poco comenzaba a ocultarse. Mientras tanto, la abuelita esperaba en su pequeña casa. Seguía esperando… Y esperando… Y esperando. Al final, la abuela se quedó sin comer. Nara consiguió un nuevo amigo. Y el lobo, desde entonces, aprendió que hay cosas más peligrosas que un bosque oscuro… una Caperucita Naranja que no dejaba de hablar.

  10. Caperucita morada

    Era un día como cualquier otro, Caperucita Morada caminaba por el mismo sendero de siempre, pero ese día decidió ir con calma.
    Miró los árboles, escuchó el río y notó que nunca antes había puesto atención a esos detalles.

    En el transcurso del camino, el lobo la encontró.

    —¿Vas a casa de tu abuela? —preguntó, como si ya supiera cual era la respuesta.

    Caperucita dudó un momento.
    —Sí… pero hoy voy a llegar a mi manera.

    El lobo propuso acompañarla o que si mejor jugaban unas carreritas, pero Caperucita simplemente negó con la cabeza.

    Ella continuó tranquila por su camino.

    Cuando llegó, su abuela se encontraba esperándola.

    —Tardaste mucho —dijo sonriendo.

    —Me vine por el camino más largo, pero seguro—respondió Caperucita.

    Su abuelita solo se alegró al saber que Caperucita había llegado con bien.

    Caperucita Morada entendió que hay ocasiones en las que no se trata de quien llega primero, cuál camino es el más corto, o si hay alguien «amable» que busca «ayudarnos», sino que hay ocasiones en las que vale la pena estar sola y caminar más para así poder estar a salvo.

  11. Caperucita Negra y su Capa de Estrellas
    Había una vez una niña muy alegre llamada Caperucita Negra. Se llamaba así porque le encantaba usar una capa de color negro que brillaba como el cielo cuando nos vamos a dormir.
    A Caperucita Negra no le daba miedo la oscuridad. Al contrario, ¡le encantaba! Decía que la noche era como una manta calientita llena de secretos.
    Un día, su mamá le dijo:
    —Caperucita, la abuelita está un poco resfriada. Llévale esta canasta con manzanas y miel. Pero ten cuidado, que en el bosque vive un lobo que es muy travieso.
    Caperucita se puso su capa negra, se despidió con un beso y salió caminando. Mientras caminaba, escuchaba los sonidos del bosque: ¡Crac, crac! hacían las hojitas bajo sus pies, y ¡Uh, uh! hacían los búhos desde los árboles.
    De repente, detrás de un pino, salió el Lobo. Tenía las orejas grandes y una cola muy larga.
    —¡Hola, Caperucita! —dijo el Lobo con voz ronca—. ¿A dónde vas con esa capa tan bonita?
    Caperucita, que era muy valiente, le contestó:
    —Voy a ver a mi abuelita. Pero no te tengo miedo, Sr. Lobo, porque mi capa negra me hace invisible si me quedo quieta en la sombra.
    El lobo, que en realidad no era malo sino que se sentía solo, le preguntó:
    —¿Puedo ir contigo? Es que me da un poquito de miedo el silencio del bosque.
    Caperucita Negra sonrió y le dio la mano (o mejor dicho, la pata). Caminaron juntos hasta la casita de la abuela. Cuando llegaron, la abuelita se puso muy feliz.
    No hubo sustos ni cazadores. La abuelita les dio una bufanda negra al lobo y a Caperucita para que no pasaran frío, y los tres se quedaron viendo cómo salía la luna mientras comían manzanas.
    Y colorín colorado, ¡este cuento de sombras y estrellas se ha acabado!

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